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Mitarra seguía inmerso en los archivos de Akasha, ante la atenta mirada del pertinaz conejo, y unas imágenes de aguerridos hombres provistos de cascos rematados en penachos de diversos coloridos y portando corazas artísticamente labradas, le hicieron comprender que ahora la historia iba de Romanos y de su famosa Pax traída a lanzazos por las Cohortes y Legiones al servicio del encumbrado Dios Marte de Roma, el cual no pasaba de ser un marti o martiko pendenciero para los autóctonos preindoeuropeos de lo que en breve será conocido como Vasconia.

Los Latinos indoeuropeos, dueños ya de la antigua Italia etrusca preindoeuropea, también se prepararon para la guerra, y pocos siglos más tarde, se vengaron de los Celtas. Les fueron arrebatando todos los territorios, tras durísimas guerras, y de paso se animaron y también se fueron para Asia y norte de África.

Romanizaron casi toda Europa, pero aquí también, los etruscos latinizados y romanizados, apenas lo consiguieron en muchos aspectos con los euscos de la futura Vasconia. ¿Acaso por algún remoto recuerdo, los antiguos etruscos respetaban y respetaron a los euscos del Auñamendi y aledaños de ambos lados de la cadena montañosa del Pirinéo?

Mitarra, en su interminable película, contempló cómo entraba Euskal Herria en los libros de Historia. Se enteró de que historiadores romanos y griegos, tales como Tito Livio, Estrabón, Plinio y hasta el mismísimo Ptolomeo el griego, estudiaron y escribieron abundantes textos sobre unos pueblos no celtas, que hablaban una lengua no celta, a los cuales los Romanos denominaron como Vascones y/o Vasconia. Acaso igual por aquello de uasco, uesco o eusco.

Los Romanos, consumados organizadores de territorios que no eran suyos, describieron una precisa distribución de los pueblos que se encontraron en Euskal Herria cuando llegaron en el siglo I antes de Cristo. Según ellos, por el Norte estaban los Boiates, Vasates, Elusates, Lactorates, Auschitas, Consorani, Converani, Ilurones, Bigerris, Tarusates y Tarbelli. Por el Sur, estaban los Ilergetes, Jacetani, Suessetani, Vasconi, Varduli, Garistii, Autrigoni y Cantabri.

Los Romanos supieron distinguir de inmediato la composición etnográfica de los distintos pueblos de Vasconia, pronunciada Uasconia, y en consecuencia elaboraron una meditada estrategia de paulatina romanización que constaba de tres fases.

En la primera, se dedicaron a combatir ferozmente a aquellos pueblos que eran mitad vascones mitad celtas, sin duda debido al odio visceral que se tenían Romanos y Celtas. Después de varias y duras campañas, Consorani, Converani, Ilergetes, Jacetani y Suessetani, acabaron por ser derrotados militarmente. Cantabri nunca se llegó a rendir, a pesar de las terribles campañas emprendidas por varios emperadores romanos contra la punta de lanza que constituían los Cantauricos de Cantauria o Cantavria en el extremo occidental de Vasconia, pronunciada por los latinos como Uasconia, tal como ya se ha dicho.

La segunda fase fue más sutil. En esta etapa no hubo guerra, sino una pacífica y consentida colonización de una parte de Vasconia, la que llamaron el “Ager Vasconum”, para distinguirla del “Saltus Vasconum” que se mantuvo independiente de la influencia romana.

Así que la perfecta máquina de guerra que constituían las cohortes y legiones romanas, alimentadas casi exclusivamente a base de pan con ajo y vino, nunca se enfrentó a los pueblos vascones que se habían mantenido con apenas influencias célticas. 

Hubo un acuerdo entre Roma y los autóctonos del Auñamendi, en el que se repartieron las zonas de influencia. Roma colonizó por el Norte la zona comprendida entre el Garona y el Adurra, más tarde llamado Adour; y por el Sur las riberas nabarras del Ebro, la zona de Pamplona y parte del sur de la triguera Araba de los Garisti. Las anchas llanuras de la parte baja del país y muy propicias para la agricultura, fueron las zonas que comprendían el Ager.

El resto del país, el “Saltus Vasconum”, las zonas altas y boscosas, aunque se permitió o les interesó que los Romanos trazasen dos calzadas, la de Oiartzun y la de Castro Urdiales que conducían a unas fortificaciones romanas en la costa del Cantaurico, era de jurisdicción de sus habitantes naturales. Con los Celtas hubo que guerrear valle por valle, cañada por cañada; pero con los Romanos se llegó a un pacto que mientras duró el Imperio se cumplió por ambas partes de manera cabal.

Fue tal el cumplimiento del susodicho pacto de no ingerencia en las leyes, usos y costumbres del Saltus vasconum, que gracias a ello se derivaron una serie de sucesos históricos de indudable importancia; sucesos tales como la tardía implantación de la religión católica y su mensaje antinatural que no comenzó a ser oído por los autóctonos hasta seis siglos más tarde que en el Ager y que no fue totalmente asumido hasta bien entrado el siglo XI; el mantenimiento de sus asambleas legislativas bajo la dirección de un jefe guerrero, tal como se demostró a partir del siglo V en el enfrentamiento con las hordas bárbaras del norte y del centro de Europa, con los cuales no fue posible ningún tipo de pacto durante los cuatro siglos de continuas guerras; así como la pervivencia del euskara hasta mediados del siglo XX en las llamadas zonas vascófonas, que son ni más ni menos que los territorios del ya lejano Saltus vasconum original.

Era tal el respeto que sentía Roma por los guerreros euscos, que en las legiones romanas de carácter más ofensivo, siempre había alguna cohorte de vascones contratados como mercenarios a sueldo, estando de esta forma en las zonas más conflictivas, como en el caso de la conquista de Britania.

Mitarra tuvo interés por conocer en qué consistía la tercera fase de la estrategia, pero comprendió que ésta nunca se pudo llevar a cabo por la aparición de nuevos acontecimientos históricos.

Casi a finales de la era del Imperio Romano, la religión católica comenzó a introducirse inexplicablemente entre la población autóctona del Ager vasconum. Pero Mitarra entendió algunos de los motivos de ello.

Los euskos tenían su propia religión que, a pesar de lo poco que se sabe, era más bien la religión antireligión. No tenían ningún panteón divino, ni adoraban a ningún dios antropoformizado; sólo tenían leyendas misteriosas. Adoraban al Sol y a la Madre Naturaleza, Dador y Receptora; y todos se consideraban señores con unos derechos que como tal, les venían desde siempre.

Así las cosas, no tiene sentido que en el Ager vasconum abrazasen una religión que era, ante todo y sobre todo, una filosofía radicalmente represora de la auténtica esencia humana. ¿O acaso para engañarles, sólo les contaron la parte buena, la del mensaje original de Jesucristo?

La cosa es que, con engaño o sin engaño, uno de los motivos de abrazar la religión de Roma, fue que se enteraron de que si así lo hacían, los nuevos brujos de la rígida nueva religión, los cuales conocían la forma de construir sólidos templos de piedra, les iban a asesorar para su construcción.

Los templos de piedra, con sus altas torres que permitían observar el horizonte, y con sus cálidos pórticos, más apropiados para sus asambleas de vecinos que la sombra del viejo roble; eran un buen recinto defensivo en caso de ser atacados por los belicosos Pueblos Bárbaros que comenzaban a asomar el morro por Septentrión.

En efecto, como porque a todo txarritxu le llega su San Martín, también los Romanos recibieron una buena dosis de su propia medicina. Roma perdió la hegemonía en Europa y fue obligada a replegarse sobre sí misma, debido a la irrupción en escena de otros pueblos perfectamente capacitados para la guerra.

Los Bárbaros del norte de Europa. Los adoradores del racional dios Thor, del todopoderoso Odin, y de las desinhibidas walkirias, con las cuales, o al menos con sus compañeras terrenales de tribu, practicaban el sexo con una frecuencia inusitada, a la vez de una asiduidad asombrosa.

En lo gastronómico eran grandes comedores de carnes saladas de cerdo, pato o carnero, cocidas a conciencia hasta hacerlas tan blandas como la mantequilla; y siempre estaban borrachos, para darse el valor necesario en el cotidiano batallar, de un fuerte y rudimentario licor obtenido de la fermentación de la miel.

Los Vándalos, Alamanes, Alanos, Suevos, Visigodos, Francos, Godos y demás ralea, arrasaron con todo lo que se les puso por delante, y también llegaron en varias ocasiones hasta las mismísimas puertas de Roma, y también hicieron sus incursiones por el norte de África, más que nada para tocarles un poco los huevos a los autóctonos del desierto africano.

El predominio militar de los Bárbaros fue debido principalmente a dos motivos. Uno fue su gran envergadura y su tremenda fortaleza física, que les permitía manejar sutilmente, como si no pesasen mucho, las pesadas armas de combate. El otro fue más bien de índole racionalista.

Antes de enfrentarse a Roma, durante varias generaciones, muchos de sus jefes militares estuvieron combatiendo en las legiones romanas como tropas auxiliares. De los mismos Romanos, los Bárbaros aprendieron cómo había que derrotarlos.

Después todo fue coser y cantar. También conquistaron toda Europa, también hicieron alguna que otra incursión por Asia y África, y también conquistaron la conquistable Península Celtibérica Romana, entrando la mayor parte de las oleadas bárbaras en ella, como antes los Celtas, por el extremo más oriental de los Pirineos. Pero curiosamente, también, apenas pasaron del norte del Ibaiber y del sur del Adurra, o Ebro y Adour respectivamente.

Mitarra contempló cómo otra vez los glaciares de la muerte, cubiertos de pesados y densos nubarrones, cuan amargos depósitos rebosantes de lágrimas de rabia y dolor, se cernían amenazadoramente sobre los húmedos valles de Vasconia en el, de no tan grato recuerdo, año 409 de la incipiente Era Cristiana. Hubo muchas guerras, y mucha tristeza, la cual marcó para siempre el devenir más íntimo y melancólico del carácter vascón.

Durante algo más de cuatrocientos largos años de batallar sin cesar en las llanuras y llanadas de Nabarra y Araba, y en el “Ager Vasconum” de Iparralde, o Aquitania; los vascones soportaron tal presión, que se hace inexplicable el hecho de que pudiesen salir casi indemnes de ello. A no ser que sea cierto lo de la beneficiosa influencia del muérdago, pensó Mitarra.

Al sur del Ebro, los Bárbaros crearon el poderoso reino visigodo de Toledo. Un poco antes, al norte del Adurra, entre este río y el Loira, en primer lugar fueron los Visigodos los que crearon el reino de Tolosa, cuya capital, recordó Mitarra, estaba en la mismísima dobladura del Garona, en el punto en donde confluían las tierras de los antiguos Lactorates, Auschitas y Converani.

Después los Francos, otros Bárbaros del Norte, derrotaron a los Visigodos y se quedaron en Aquitania de vecinos de los paganos vascos del “Saltus Vasconum” de Iparralde, llamado Pays Basque o Pays des Bascoac siglos más tarde. Así las cosas, el panorama que tenían los vascones no era como para distraerse en tiquis miquis.

Por el Norte, los Francos les empujaban hacia abajo. Por el Sur, los Godos y demás socios, hacían lo mismo, pero para arriba. Hubo que desempolvar las antiguas estrategias militares que habían desarrollado aproximadamente mil años atrás en sus guerras contra los Celtas. Además, los vascones también habían aprendido de los Romanos alguna que otra maniobra de ataque y defensa.

Tuvieron el acierto de crear cuerpos de caballería ligera que hostigaron y provocaron el pavor entre las aguerridas y pesadas huestes bárbaras de los Francos y de los Godos. Los vascones pasaron al contraataque, y por el Norte empujaron a los Francos hasta el Loira. Por el Sur ocuparon todo el Pirineo, hasta casi el Mediterráneo, y siguieron manteniendo, a pesar de las embestidas godas, casi todo el límite del Ebro.

Recuperaron la zona romanizada de Euskal Herria, el “Ager Vasconum”, y por si acaso, por el Norte, cruzaron la muga del Garona y se afianzaron hasta el Loira.

Pero antes tuvieron que combatir a cara de perro en su propio territorio. Ornolak o Ussat les Bains, Luzenak, Tarascón, Labastide o Saint Girons, Legobi o Leguevin, Martzain o Mont de Marsan, y Tarnos, fueron testigos de encarnizadas luchas.

No todo fueron victorias, y los Francos entraron en repetidas ocasiones hasta más allá del Adur. Por todo ello, los vascones continentales, bajo la dirección de Tarbea, y con la colaboración de los vascos peninsulares, crearon una potente organización territorial, política y militar que derrotó a los Francos en numerosas ocasiones, siendo las más conocidas las victorias sobre el Duque Bladastés en el 581 y sobre el Duque Arimberto en el 635. Esta victoria fue la que animó a los vascones a traspasar el Garona hasta el Loira.

En el Sur, los Godos peninsulares tampoco tuvieron mejor suerte. Además de estar, casi trescientos años, diciéndose a sí mismos que esta vez el rey de turno de la numerosísima y complicada lista de reyes godos, sí iba a acabar con las rebeldes tribus vasconas del Norte, el famoso “domuit vasconi”; los euskos tuvieron varias veces la osadía de llegar hasta Zaragoza, siendo las más sonadas la del año 449 con un tal Basilio como caudillo de los suicidas Badagozgudak o Badagaudas, y la del año 653.

Los Badagaudas o Bagaudas, a la manera de los Consoronas y Conbaronas, tomaron Zaragoza y Lérida, haciendo una cuantiosa captura de enemigos godos con el aplauso de los descendientes de los Celtas que habitaban por aquella región. Nunca volvieron al Saltus Vasconum de donde procedían, porque fueron aniquilados a la vuelta de una de sus correrías.

Toda esta zona vascona, que partía en dos la influencia bárbara en Europa, tomó el nombre de Ducado de Aquitania, o también según los Francos, fue denominada como Wasconia o Guasconia. Sin embargo, para los Godos de Toledo, los vascones fueron simplemente “las tribus rebeldes del Norte que en breve serán doblegadas”, pero que a pesar del famoso triunfo de Suintila en la batalla de Victoria hacia el año 625, seguían los Godos manteniendo su línea defensiva a la altura del eje que va de Vitoria a Olite, o sea, otra vez el persistente Saltus vasconum que nunca pudieron doblegar. Así como que al último Rey godo Roderic le pilló la invasión árabe del año 711 combatiendo a los vascones de siempre a las puertas de Pamplona. ¡Trescientos años más tarde de la primera oleada bárbara aún seguían intentando dominarlos en nombre del autodenominado Imperio Godo de Toledo!

El Ducado de Aquitania, la super Vasconia, duró algo más de cien años, desde el 658 al 781. La vuelta a los actuales límites de Euskal Herria, lo consiguió Carlomagno, tras cruentas campañas contra los wascones, guascones o gascones de Aquitania, liderados por un jefe militar llamado Lupo, Lope, ¿Lobe? u Otxoa.

Los límites por el Norte volvían al Adur. Estaban en el Garona cuando llegaron los Celtas, después bajaron hasta el Adurra con Roma, luego se extendieron hasta el Loira, y por último se quedaron otra vez en el Adour con los francos Martell, Pipino y Carlomagno. Martell y Pipino del Loira al Garona, y Carlomagno del Garona al Adour.

Carlomagno, acaso por ser Emperador y Magno, ignoró el peligro normando que le venía desde el Norte, e hizo la clásica aventura por el Sur, entrando en Zaragoza; pero a la vuelta de su victoriosa e imperial campaña, tuvo que sufrir la derrota a manos de los vascones, y tuvo su día negro en el paso pirenáico de Roncesvalles. Roldán, y la retaguardia del ejército franco, fue aniquilado en la batalla de Orreaga en el año de gracia del 778.

Setenta años antes de la pérdida de la vasconizada o gasconizada Aquitania a manos de los Francos, otro pueblo hizo su entrada, esta vez, a través del estrecho de Gibraltar. Los pueblos del norte de África y Península arábiga, fieles seguidores de Alá y de su representante Mahoma, irrumpieron como el rayo y en poco tiempo conquistaron toda la sufrida Península Celtibérica Romanizada y Godoficada.

El rey Roderic o Rodrigo, el cual tuvo que bajar precipitadamente desde Pamplona en donde estaba guerreando contra los indomables vascones, fue derrotado por los Árabes en la batalla de Guadalete del año 711, y en un pis-pas, el ejército de Tarik, también con unas excelentes tropas de caballería ligera, llegó hasta Toledo que era la capital del Reino Godo.

Después se dispersaron por toda la indefensa Península. Pero una vez más, el fluir de las aguas del Ebro, puso freno a su empuje. Salvo un intento de pasar al país de los Francos que fue saldado con una estrepitosa derrota en la batalla de Poitiers del año 732, donde las tropas cristianas estaban comandadas por el franco Martell y el vascón o gascón Eudon; y salvo la ocupación por poco tiempo de la comarca de Pamplona y sur de Nabarra y de Araba; tampoco los Árabes lograron invadir el país de los vascos.

Todo aquello que de sabio aportaba la cultura árabe, no tuvo oportunidad de influir en los vascones, porque los Árabes pensaron que podrían imponerse por las armas. Y como los Celtas y como los Bárbaros, se equivocaron.

Los vascos tuvieron una gran participación en las guerras y batallas de la Reconquista; y olvidando antiguas rencillas, lucharon hombro con hombro junto a los descendientes de los antiguos Godos y Celtas, para ayudarles a recuperar sus tierras, que un poco antes habían sido de los Godos, y antes de los Romanos, y mucho antes de los Celtas, y muchísimo antes de los Iberos.

Uno de los motivos que explica esta entente contra el Islam, fue la afinidad religiosa de los Godos y de los reyes vascones, ya que a partir del siglo X abrazó el catolicismo la llamada Dinastía Jimena de Pamplona, aunque oriunda de Garazi.

Una vez más, en el principio de la invasión berebere, las cosas no fueron tan sencillas para los de siempre. El panorama que se presentaba a los vascos, para no perder la costumbre, era de auténtica pesadilla.

Por el Norte, los Francos una vez que conquistaron la vasconizada Aquitania y sus ricos viñedos, obligaron a los vascones continentales, o gascones, a replegarse hasta el Adour o Adurra. Pero los Francos no se conformaron y siguieron presionando.

Por el Sur, sus antiguos enemigos godos habían sido derrotados por los Árabes, pero éstos eran igual de ambiciosos. La providencia o lo que sea, vino en ayuda de los antiguos adoradores del Sol y de la Naturaleza.

Otro pueblo del Septentrión, los Normandos o Vikingos, a mediados del siglo VIII a bordo de sus veloces embarcaciones, comenzaron a hostigar a los Francos, atacándoles por la retaguardia. Los Francos tuvieron que volverse para arriba a defenderse de los nuevos rubios bárbaros que bajaban del Norte helado. Durante casi dos siglos, los Francos tuvieron que guerrear contra los Normandos que al final se asentaron en Normandía.

Para los vascos cispirenaicos, o continentales, fue un respiro. Todos se volcaron en la defensa del Ebro, pero esta vez el enemigo, los pueblos del Sur cálido, fue más inteligente y sólo presentó batalla en las llanuras. Sabían lo que había pasado con Celtas, Romanos, Godos y Francos, cuando éstos tuvieron la osadía de entrar en los angostos valles de Euskal Herria que configuran el casi ya olvidado Saltus vasconum.

Los Árabes lograron conquistar las zonas bajas del sur del País Vasco. La llanada alavesa y la ribera nabarra cayeron en su poder y llegaron hasta Pamplona para quedarse ahí. Un jefe militar de los vascones peninsulares, elegido por los representantes de las asambleas locales de vecinos y militares de ambos lados del Pirineo, y llamado Casio o Kasio según la grafía árabe, pactó con los ocupas Árabes de Pamplona.

Se creó la dinastía de los Banu Kasi, al unir en adecuados matrimonios las sangres de vascos y árabes. En esa época fue la derrota de Carlomagno en Roncesvalles del año 778.

Con el tiempo, los Banu Kasi rompieron los lazos que les unían al Califa de Córdoba, o dicho de otra manera, que se independizaron, vamos; y así tuvieron que resistir los nabarros y los Árabes navarrizados, bajo la dirección de los Banu Kasi, varios ataques de los Árabes del sur del Ebro que querían restaurar el dominio del Califato en Nabarra.

Los Banu Kasi estaban dirigidos militarmente por Musa Ben Musa y su hermano Iñigo Arista o Enneco Aritza, el “Vascón” según las crónicas árabes de la época. Aritza derrotó por segunda vez a los Francos en el paso de Roncesvalles en el año 824, y a continuación creó el Reino de Pamplona, con la inestimable colaboración, ¡cómo no¡, de los gascones de Iparralde que en ese momento se encontraban libres de otros menesteres, gracias a los Normandos venidos del Norte helado en ayuda involuntaria de todos los vascones en su lucha contra los Árabes venidos del Sur cálido.

Aritza nació por las proximidades del paso de Orreaga, el mismo año de la conquista del Ducado wascon de Aquitania por Carlomagno, y tres años más tarde de la batalla de Roncesvalles; y era hijo de un jefe vascón llamado Artza Ximeno de Garazi y de una joven llamada Onneca de Ascarat, la cual al enviudar casóse con un jerifalte vasco árabe de los Banu Kasi de Pamplona, de cuya relación vino a este mundo Musa Ben Musa, o El Beso hijo del Beso; de ahí que el susodicho Beso fuera hermano de Aritza. Asimismo, Aritza (824-851) como primer Señor de Pamplona, instauró la llamada Dinastía Íñiga o clan Enneconiz, cuya casa solariega se encontraba al otro lado de los Auñamendi o Pirineos, en lo que después fue llamado Donibane Garazi o Saint Jean Pied de Port.  

El hijo de Aritza, García Íñiguez (851-882), también conocido entre los suyos como Gartza Ennconiz, al ser más de Garazi que de Pamplona, se distanció de sus familiares árabes de Pamplona y se alió militarmente con el reino de Asturias, para combatir a los preocupantes árabes ocupantes de la conquistable Península. Los nabarros iban a echar una mano a los duros astur leoneses; a pesar de que para entonces, los descendientes de los fundadores del Reino de Asturias, hecho acaecido en el año 722 y realizado con la inestimable ayuda de los Cántabros, hubiesen efectuado ya alguna que otra incursión por el sur de las tierras de los Autrigones y de los Caristios o Garisti de la época romana.

Un poco antes del acuerdo entre Pamplona y León, se produjo la batalla de Padura  en Arrigorriaga  en el año 870, donde biscainos y nabarros derrotaron a los leoneses y les expulsaron hasta el mítico arbol de Luiaondo o Luyando.

A continuación se creó el llamado Señorío de Biscaia, siendo regido por Señores nombrados en las Juntas o Biltzar del territorio, siguiendo la vieja tradición del Saltus indemne a las leyes godas y/o católicas. Estos Señores o Condes, durante muchas generaciones tuvieron su casa solariega en Haro y Nájera, que era en esta última localidad donde estuvo ubicada también la corte del Reyno de Navarra.

Desde dicha alianza vasco leonesa, los astur-cántabros-leoneses respetaron escrupulosamente los límites occidentales del “País de los Waskires”, que fue el nombre con que se denominó a Euskal Herria en las crónicas árabes de la época.

Mitarra contempló cómo la película iba cada vez más aprisa. A principios del siglo X, Zaintzu, o Santxo I Garcés (905-925), creador de la llamada Dinastía Jimena o clan Xemenez, e hijo del hijo, o Xemenez, de un Ximeno nieto o Xemenez de Artza  Ximeno de Garazi; o también el tal Zaintzu fue hijo de Gartza Xemenez, o si se prefiere, hijo del García Jimenez nieto del Gartza hijo de Artza Ximeno de Garazi, lo cual hace que este último Gartza fuera otro hermano del Aritza que fundó el reino de Pamplona; pues bien, este Santxo I fue un rey que amplió la influencia de su país al crear el viejo Reyno de Nabarra, que, en diversas épocas, fue el más poderoso reino cristiano de la sufrida Península, ahora arabizada desde hacía dos siglos por culpa del desdichado Roderic que estuvo más atento al enemigo del Norte que al del Sur que acabó entrándole por abajo.

Este Señor, Santxo I, recuperó las tierras de la rica Ribera, o Iberra o Ibarra o Erribera, así como las del norte de Burgos, dando principio histórico a un incipiente Condado de Castilla. Asimismo, tras abrazar la oscura religión católica, fundó el Monasterio de San Millán de La Cogolla, en el antiguo Suso, cuyas bóvedas contemplaron en silencio sepulcral los primeros pinitos escritos de la lengua “Romance Navarro”, creada a partir del euskera, del occitano y del latín.

Mitarra observó en perspectiva cuatridimensional, cómo un antiguo monje vascón; con conocimientos de los ancestrales Bigerrias, dejándose la vista en ello, y en una pequeña celda apenas iluminada por una estrecha saetera, cuya luz apenas permitía contemplar, muy abajo, a un desangelado riachuelo que discurría a través de un frío páramo; cómo escribía hacia el año 960, con pulso lento pero seguro, los textos de las “Glosas Emilianenses”, las cuales fueron redactadas en latín, en romance navarro, y unos pocos comentarios en vascuence, o baskoenitze, la antiquísima lengua preindoeuropea que se mantuvo en el llamado Saltus.

Estos textos fueron considerados por algún estudioso del tema como los primeros escritos en Lengua Castellana. Así como la obra de otro monje y bertsolari nabarro de la localidad de Berceo o Bertzeo, casi trescientos años más tarde, y escrita en romance navarro o dialecto riojano, la cual, también, está considerada como la primera expresión del Mester de Clerecía de la después casi universal Lengua Castellana. Y todo esto comenzó en Suso, a los pies de los antiquísimos y arrogantes siete rostros de piedra rojiza.

Mitarra tuvo interés en desentrañar el galimatías de Ennecos, Íñiguez, Gartzas, Jimenez y Zaintzus o Santxos. Así que recurrió a su informador íntimo, y éste como siempre supo contestarle.

Le dijo que el hijo de Enneco Aritza era Gartza Enneconiz porque lo de Gartza le venía de su abuelo Artza Xemeno de Garatzia o Garazi, Señor de Ultrapuertos o Behe Nabarra, y lo de Enneconiz por ser hijo de Enneco.

Le dijo que a partir de ese momento, en una lengua que comenzó a desarrollarse en Navarra, conocida como Romance y creada con vocablos latinos y euskéricos, el sufijo iz o ez significó hijo de, o descendiente de. Así, Sanchez es el descendiente de Zaintzu, Garcés de Gartzia, e Íñiguez de Íñigo o Enneco. Así, Enneconiz e Íñiguez es la misma persona.

Por eso, Semenez, o Xemenez, o Ximenez, o Jimenez, significa descendiente o hijo del hijo; o sea, nieto, que en el caso de Gartza Enneconiz lo era de Artza Ximeno de Garazi o Garatzi o Garatzia o Garatza o Gartza “el de las muchas llamas”; vocablo éste que se convirtió en Gartzea, luego en Gartzia y después en García, apellido muy español en la actualidad.

Mitarra agradeció la información y prosiguió con la saga de los jefes navarros que desde el vascuence y el latín estaban forjando un nuevo idioma que con el tiempo llegó hasta ser imperial y tener un destino en lo universal.

Santxo Abarka, o Santxo Mitarra, o Sancho II Garcés (970-994), fue todo un personaje. Fue Rey de Navarra, Duque de Gascuña o Guasconia, Conde de Aragón y Protector del Señorío de Biscaia a través de su gente de Haro.

Además le tocó bailar con la más fea, ya que le tocó enfrentarse al invencible Almanzor. Reinó durante 24 años, los cuales, en gran medida, los dedicó a guerrear contra los nuevos vecinos árabes recién llegados con el gran Almanzor, y que querían recuperar las tierras bajas de la fértil Ribera, como así lo hicieron en repetidas ocasiones; y a la vez, a mantener por el Norte su dominio hasta la desembocadura del Garona de los ataques de los Normandos Vikings, como corresponde a todo “Señor de Burdeos” que se precie.

Al ser Conde de Aragón y Duque de Gascuña, recuperó los territorios de los antiguos Jakateas y Sussateas por el Sur, así como las tierras de los Tarbea, Boliates, Elurones y Bigerrias en la Vasconia continental o antigua Wasconia, ahora Gascuña en Romance, e inventando la española Ñ de paso.

A principios del siglo XI, Santxo III el Mayor, o Sancho III Garcés (1004-1035), nieto de Santxo Abarca, consiguió recuperar toda la zona perdida ante el Islam y, además, se alejó del Ebro para extender la frontera hasta más abajo de Nájera y Suso.

Se relacionó más íntimamente con sus hermanos de Biscaia, Ipuzcoa y Araba, y éstos aceptaron formar parte del cada vez más poderoso reino cristiano de Nabarra.

Los Señoríos de Biscaia, Gipuscoa y Araba; La vinícola Rioja, el norte de Burgos, la Nabarra peninsular y la continental o la Benabarre de Ultrapuertos, aceptaron libremente la dirección política y militar de Santxo Andia.

Además de reinar sobre todo el solar autóctono de los antiguos euskos, como así debe de deducirse de su título de Señor de Burdeos, lo cual implica que también gobernaba en el Ducado de Gascuña, la antigua Aquitania, la antigua Wasconia; consiguió obtener la dirección política del Condado de Castilla, del Reino de León y del Condado de Aragón.

La filosofía política de los antiguos euskaldunes y su concepción de gobierno basada en asambleas y juntas regionales, moldearon y crearon los reinos de Castilla y Aragón.

A la muerte de Santxo Andia en el año 1035, su hijo Gartza V o García Sánchez III, el de Nájera, se quedó con todo el Reino de Nabarra; y sus hermanos Ramiro y Fernando fueron los primeros y respectivos reyes de Aragón y Castilla. Los reinos de Aragón y Castilla, alrededor de 500 años más tarde, hicieron bueno aquel dicho que dice aquello de “cría cuervos y te sacarán los ojos” con la conquista militar del Viejo Reyno en el año 1512.

Pero mientras tanto, estos tres hermanos euskaldunes, todos reyes de sus respectivas zonas de influencia, fueron el principio del fin de la independencia vasca. Comenzaron a guerrear entre ellos y la ya larga Reconquista se paralizó durante algo más de un siglo.

A últimos del siglo XI, sesenta años después de la muerte de Santxo Andia, la situación en Nabarra era caótica. Por una parte, los nabarros habían elegido como su Señor al Rey de Aragón Pedro I, “Arri el Sucio”, biznieto de Santxo Andia, Señor de todos los vascos; y el biznieto, olvidando las enseñanzas de sus ancestros, en vez de comprender que era un rey elegido libremente por sus vasallos, creyó que se trataba de vasallos conquistados por la fuerza. Intentó quitarles sus derechos de personas libres.

Por otra parte, ante el caos que había en la capital de su reino, Biscaia, Gipuscoa y Alaba decidieron democráticamente separarse de Nabarra; y, tras previo pacto jurado, Gipuscoa y Alaba se acogen en el Reino de Castilla, cuyo trono lo ocupaba Alfonso VI, el del juramento al Cid, y nieto de Santxo Andia, Rey de todos los vascos.

Unos cuantos años más tarde, hacia el 1180, Santxo VI el Sabio (1150-1194), que hablaba en “Linguae Navarrorum”, recuperó la autonomía de Nabarra con respecto a Aragón; en consecuencia, Gipuzkoa y Araba, decidieron, también democráticamente, abandonar al rey de Castilla y volver a Nabarra, junto con Biscaia y sus Señores de Haro y Nájera de ascendencia navarra.

Como agradecimiento de la vuelta a casa de las tres hermanas, Santxo el Sabio fundó las ciudades de Vitoria y San Sebastián. A cambio de ello se iniciaron los afanes expansionistas de sus antiguos enemigos: los Godos de Castilla y los Celtas de Aragón.

Entraban dos factores nuevos en escena: La voluntad de expansión de los reinos de Castilla y de Aragón a costa de Euskal Herria, y la fundación de dos grandes poblaciones.

Hasta entonces, Pamplona era la única ciudad importante de los antiguos vascones, Iruina, o Iruña en Romance, fundada oficialmente por los Romanos con el nombre de Pompaelo, y cuya antigüedad por entonces era ya de casi 1.500 años. Como tal había desarrollado sus propias costumbres urbanas y sus modos de ganarse la vida.

Eran principalmente comerciantes, y ya se sabe que cuando interviene el aspecto monetario de la vida, casi siempre se tiende a olvidar las viejas y sabias leyes de la Naturaleza.

Pero ahora no había solamente una ciudad, había dos más. Vitoria y San Sebastián se convirtieron rápidamente en centros comerciales de variados negocios. Vitorianos y donostiarras comprendieron que se ganaría más dinero si trataban más con los castellanos que con los nabarros por aquello de la amplitud de mercado. Otra vez democráticamente, dos de las tres provincias viajeras decidieron abandonar el reino de Nabarra para acogerse de nuevo en el de Castilla.

Así fue cómo los Basakonas de Nafarroa perdieron su ancestral salida al mar por Oiartzun y Ondarribi, ya que a principios del siglo XIII, en el 1200, Ipuscoa y Alava, por separado, juraron fidelidad al rey Alfonso VIII de Castilla, “El Depredador”, descendiente lejano del euskaldun Fernando I El Magno de Castilla, el hijo de Santxo Andia, Buruzagi de todos los vascos de su época, desde Burdeos a Logroño.

Pero a cambio de la fidelidad de gipuscoanos y alaveses, también el rey castellano tuvo que cumplir con un requisito previo. Tuvo que jurar que se comprometía a no inmiscuirse en los asuntos internos de sus nuevos vasallos, para que éstos, a cambio, jurasen ser los más fieles vasallos de su nuevo Señor. Alfonso VIII tuvo que comprometerse a respetar la vieja ley que le presentaban redactada bajo la fórmula de los Fueros, dando así inicio a una curiosa y sabia relación política.

Además, el otro motivo por el que aceptaron el pacto con Castilla, fue que estaban cansados de los más de 30 años que llevaban ya de guerrear intensamente contra los Castellanos desde su vuelta a Navarra, y mucho más, después de que Castilla en la fría Navidad del 1199 tomara violenta y abruptamente la pequeña y coqueta ciudad de Vitoria, así como parte de Gipuscoa, el antiguo país de los Ibardulas.

No obstante, a fuer de ser precisos, sería necesario aclarar en qué consistió la relación de los territorios vascongados con su Señor castellano.

En realidad fue una inteligente relación, meramente personal, entre los ciudadanos vascongados y su rey, a modo de vasallaje “sui géneris” resultante de un contrato, tras previo pacto entre ambas partes, por el cual los vascos sólo estaban unidos al monarca castellano, y no a su reino, tal como se puede deducir de manera inequívoca del tratamiento de “nación separada” que otorgó Isabel La Católica a Biscaia; o, asimismo, que todos los monarcas castellanos que, además de reyes de Castilla, fueron Señores de las repúblicas vascongadas, tenían nítidamente separados ambos cargos, con lo cual, también de manera inequívoca quedaba claro que, desde el principio, una cosa era Castilla y otra eran las diversas regiones vascas, cuyo único requisito era estar ligadas, únicamente, a la persona de su Rey o Señor.

Eso sí, siempre y cuando el Rey de turno se comprometiese bajo juramento a cumplir y respetar las viejas leyes ciudadanas con las que se habían dotado los ancestrales señores vascos, que de manera misteriosamente curiosa, siempre se habían considerado a sí mismos como unas criaturas que gozaban de los mismos derechos que cualquier otro mortal, por muy poderoso, noble o real que se le hubiera llegado a considerar en el escalafón social.

Fernando VII murió en 1833 con los títulos de Rey de Las Españas, Señor de Vizcaya y Virrey de Navarra, así como Rey de las Dos Sicilias de Nápoles, entre otros títulos. Un poco antes de morir había perdido el Virreinato de Méjico o Nueva España. En fin, que era un Rey que reinaba en unas cuantas y diferentes naciones.

Por todas estas consideraciones y algunas más, a excepción de las tenebrosas actividades de la Iglesia católica y su Inquisición, los vascongados estuvieron bastante a gusto con su Señor castellano durante los siglos XVI, XVII y XVIII, ayudando incluso a Fernando El Católico en su conquista de Nabarra en 1512, y participando activamente con Castilla en todas sus empresas guerreras y marítimas de manera voluntaria, ya que el acuerdo entre el rey castellano y cada uno de los Señoríos vascongados, permitía, además de la existencia de Haciendas propias, Aduanas propias y Sistemas legislativos propios, la no obligatoriedad de servir en los ejércitos del Rey. 

Volviendo a la saga navarra, hay que decir que a pesar de las veleidades territoriales de “El Depredador” Alfonso VIII de Castilla, supo mantener su trono el gigante navarro Santxo VII el Fuerte (1194-1234), el último descendiente masculino de la saga de los Artza, Gartza, Ximeno y Zaintzu que dirigían Vasconia desde el año 791, sólo diez años después del derrumbe del vascón Ducado de Aquitania en el 781. Artza Ximeno, héroe de la batalla de Orreaga del año 778, era un jefe del Ducado wascón, que tras su liquidación a manos francas, se retiró a su Garatzia natal para que desde Garazi y luego sus descendientes o Ennecos y Ximenos desde Pamplona, continuasen con la labor de mantener viva la llama o “garra” de la libertad, tal como correspondía a todos los Gartza de abundantes llamas. Tal vez por eso, el rey nabarro Santxo VII, a quien le tocó soportar las ansias expansionistas de su colega castellano, no tuvo ningún reparo en bajar al poco tiempo con sus tropas hasta Jaén para ayudar a Alfonso VIII de Castilla en la batalla de Las Navas de Tolosa, o Tolesa, en el 1212; consiguiendo tomar con sus Onak de élite, el mismísimo puesto de mando del ejército árabe.

A cambio de ello se llevó para Nabarra las cadenas que sujetaban a los gigantescos guerreros Nubios que protegían el acceso a la colina en donde estaba el General de los Almohades. Se las llevó para su pacharanera tierra, y las colocó en el escudo, cuan pesimista y acertada premonición, la cual comenzó a cumplirse inexorablemente a raíz de la muerte de Santxo VII, en el año 1234, al morir sin descendencia este rey tan poco afortunado.

Así que, y a pesar de la heroica gesta en combate en tierras tan lejanas, Nabarra se quedó más sola que la una, y su reino se redujo a los límites de la actual provincia, con el añadido de la actual Nabarra francesa de Benabarre o Baja Navarra.

Castilla y Aragón seguían presionando por los flancos. La presión fue tremenda, y los nabarros no tuvieron más remedio que realizar pactos políticos a través de alianzas matrimoniales con diversos señores y señoras del vecino e incipiente Reino de Francia; en los cuales, las Blancas y Juanas de la distinguida Casa Real de Nabarre jugaron un determinante papel, siendo alguna que otra hasta reina de la mismísima Francia, así como el rey Enrique “el Bearnés” de Nabarre (1572-1610) que luego lo fue también de Francia a últimos del siglo XVI, y decidido partidario de recuperar los territorios navarros conquistados por los castellanos. Un poco después de la conquista de la Navarra meridional a manos de Castilla y Aragón, Beinat D’ Etchepare, a mediados del siglo XVI, fue el primer escritor conocido en lengua vasca, cantando al “Heuscara” y al “Pays des Bascoac” o “Heuscalerria” desde la idílica y ya famosa Garatzia o Donibane Garazi del entonces ya pequeño Reyno de Nabarre o Baja Navarra.

De esta guisa, durante los siglos XIV y XV, y también por distraerse un poco de tanta presión, les dio a los nabarros por las fiestas y las bacanales, los juegos y los toros, lo cual no impidió del todo que la bravura, la nobleza y el ir siempre de frente, cara a cara y por delante, siguieran siendo las características más naturales de los habitantes, ciudadanos y dueños de la montaña y ribera nabarra. Es decir, los antiguos Vascones o Uascones; o si se quiere, Bascones o Basakonas.

Pero a pesar de ello y a partir de la Dinastía de Champaña iniciada en el año 1234, la izarra de Nabarra fue declinando paulatinamente durante casi tres siglos más, auspiciándose dramáticas divisiones internas, favorecidas todas ellas por el talante democrático de sus viejos fueros, pero que con el transcurso generacional, acabaron polarizándose en los cruentos enfrentamientos banderizos entre Agramonteses y Beaumonteses.

Más tarde, en el 1512, fue invadida militarmente por Fernando II el Católico, rey de Aragón y Castilla, y creador del núcleo político de la futura España.

Y de este menester, y a modo de breve crónica, así fue como fue la forzada y forzosa anexión del Viejo Reyno al Reino de Castilla.

En cuanto al devenir del Señorío de Biscaia, María López de Haro, descendiente de los vascones señores de Nájera, y Señora de Biscaia, casóse con el infante Tello de Castilla.

Dicho matrimonio concibió a Juan Tellez que a la muerte de sus progenitores en 1370, fue aceptado por las Juntas del territorio como Señor de Biscaia.

En 1379, debido a los lazos de sangre que tenía con la nobleza castellana, también accedió a Rey de Castilla con el nombre de Juan I, acaso por ser antes el Jaun de Biscaia.

De esta manera un tanto rocambolesca, por primera vez coincidió en una misma persona los títulos de Señor de Biscaia y Rey de Castilla; situación ésta que se mantuvo hasta 1833, fecha en que murió Fernando VII de Las Españas, último Señor de Vizcaya que juró los Fueros para poder ser aceptado como Señor del antiguo Señorío de casi mil años de antigüedad por aquella época.

Después, la siguiente Reina dejó de jurar los Fueros, lo cual fue la causa de las dos Guerras Carlistas que asolaron las Vascongadas y Navarra durante el siglo XIX, cuyo desenlace supuso la abolición unilateral del antiguo pacto, y el derogamiento del autóctono sistema legislativo foral de cada uno de los territorios históricos, lo cual dio lugar a una nueva relación con la Nueva y única Nación española que unificó por medio de las armas su idea de un único Estado, una única Nación. Los llamados liberales o isabelinos que abolieron unilateralmente el sistema foral vascongado, en realidad fueron los primeros nacionalistas, pero españoles; no de Las Españas de antaño, sino de una nueva, única y unificada España por medio del Ejército y por miedo al Ejército; al de Mina, Córdova, Espartero, Pavía, Prim, Primo de Rivera, Mola, Yagüe, Varela o Franco, todos ellos militares y de más que dudosa convicción democrática y liberal como bien se sabe.

En cuanto a la coqueta Nabarre de la otra parte del Pirineo, el antiquísimo pueblo de los Eluronas, pasó a la influencia del Reino de Francia, aunque fue respetada casi como un pequeño reino independiente hasta el advenimiento de la esperada Revolución liberadora, fraternal e igualitaria; pero que, no obstante y sin embargo, no pasó de liberal, burguesa y, “chauvinizadamente” francesa.

Pero de todas formas, y pese al supuesto talante democrático de la llamada Revolución Francesa, los nuevos dirigentes de las antiguas Galias, no tuvieron ningún reparo en deportar a bastantes miles de navarros cispirinaicos a las aburridas tierras de Las Landas; debido a la oposición que mantuvieron los antiguos Eluronas ante la “egalité” revolucionaria.

Mirando retrospectivamente, habían pasado algo menos de 2.500 años desde la irrupción de los Celtas hasta la ocupación militar de Navarra efectuada por Fernando II de Aragón y Castilla, y los vascos, vascongados, vascones o euskos habían perdido gran parte del control de la zona; y en la que todavía lo conservaban, la situación no era nada cómoda. Navarra estaba conquistada militarmente. Vizcaya, Guipúzcoa y Álava habían conservado lo fundamental de sus leyes y costumbres, pero a cambio tenían que soportar una presión cada vez más agobiante del Reino de Las Españas y su Inquisición. A Laburdi, el país de los Tarbeas, a Benabarre, el país de los Eluronas, y a Zuberoa, el país de los Bigerrias, les pasaba casi lo mismo con respecto al Reino de Francia así como luego con la República de Francia.

Mas aún quedaba lo peor por llegar. Como ya se ha dicho antes, la Revolución liberal y jacobinamente francesa de últimos del XVIII, acabaría con las últimas cotas de autogobierno de los vascos continentales. En el Sur, el liberalismo importado de Francia, más las dos derrotas de las provincias Vascongadas y Navarra en las dos Guerras Carlistas del XIX, también acabaron con las últimas libertades de los vascos peninsulares, al dejar los reyes, ahora sí ya de España, de cumplir con el viejo y si se quiere democrático sistema de jurar y respetar las leyes vascas de sus especies de autogobiernos territoriales de “alta antigüedad”, con unos “Derechos históricos” también de muy alta antigüedad, tal como fueron reconocidos cien años más tarde en la Constitución española de 1978, reconociendo así la abolición fraudulenta del siglo anterior a manos de los primeros nacionalistas españoles, también llamados liberales.

A continuación de la unilateral abolición foral y como consecuencia de todo lo anterior, a últimos del siglo XIX surgió el Nacionalismo vasco del históricamente incomprendido y descontextualizado Sabino Arana. Luego, como aviso de lo que vendría después, estuvo Primo de Rivera y su Dictadura tradicionalista y reaccionaria. Después vino Franco a rematar la faena con su España Una, Grande y Libre, con el explícito eslogan de “antes una España roja que rota”, y con su día de la Raza española; lo cual supuso una brutal y asesina represión a todo lo que sonase a euskera  y libertades vascas; siendo los curas vascos durante todo el franquismo, de principio a fin, un firme bastión en defensa del sentir vascongado, y siendo por ello muchos de ellos desterrados o encarcelados o fusilados ante el consentimiento e indiferencia de la jerarquía católica de España y Roma.

Como resultado de todo lo antedicho y para combatir al terrorismo franquista, apareció ETA en el teatro de operaciones que siempre ha supuesto el viejo solar de los euskos, para después de la muerte de Franco y a su manera un tanto extraña y desfasadamente torpe, seguir batallando sin mucha cabeza en la vieja guerra de siempre.

Pero Mitarra, antes de volver en sí, después del relampagueante viaje por la historia de Euskal Herria, recordó de nuevo las palabras del Maestro de Aitona: Ni la posesión de las tierras, ni la existencia de tal o cual nación, tienen importancia; lo único que es fundamental de verdad es la conservación, en lo más íntimo del corazón, del natural, y por lo tanto sagrado, espíritu de libertad; así como el respeto escrupuloso a la independencia personal de todos los seres de la creación.

Y así debe de ser hasta que los nuevos pueblos que configuran el actual orden mundial, asuman de verdad, y con todas sus consecuencias, que lo más justo y sabio de la vida es la aceptación, sin trampa ni cartón, del “ante todo somos libres, y, además, queremos también que sean libres todos los demás”. Y mientras tanto, que cada cual aguante su vela, y su fatal, equivocado y obcecado destino antinatural.

Mitarra salió del éxtasis histórico, provocado parece ser por los aires y hierbas del Aralar, y se recreó en los recuerdos de la película guerrera que acababa de visualizar mentalmente. Había sido como un sueño, pero sabía que no había sido un sueño, porque recordaba perfectamente todo lo vivido. Los sueños oníricos, por lo general, se desvanecen al poco tiempo de despertar, pero el relato de los avatares y vicisitudes de los vascos, seguía persistiendo en su consciente.

Eran las once de la mañana y sintió que tenía algo de hambre. Agarró la garrafa del sirope y dio un buen trago de la energética bebida. Se sentó al Sol de media mañana de aquel espléndido día, y se le ocurrió hacerlo al estilo hindú ante la atenta mirada del vivaracho conejo que estaba impresionado por la ausencia total de movimiento observada por aquel ser de largas patas durante tanto tiempo de quietud absoluta.

Benjamin Ríos no le había enseñado esta postura, pero aquel día Mitarra tenía ganas de probar cosas nuevas. Apoyó el culo en la tierra cubierta de verde césped, y cruzó las piernas. El tobillo exterior de la pierna derecha lo colocó sobre la ingle izquierda, e intentó poner el tobillo de la pierna izquierda sobre la ingle derecha.

Al principio sintió un doloroso tirón que le impidió cumplir su deseo, pero mentalmente les dijo a sus extremidades que hicieran el favor de colaborar un poco. Al cabo de un rato y tras un denodado esfuerzo que puso a prueba la voluntariosa elasticidad de sus casi atrofiados músculos, éstos cedieron; y así pudo adoptar la clásica postura de los yoguis hindúes.

Se percató de que la postura era perfecta para mantener la espalda erguida, y también que en esa postura se incrementaba la sensación del entrecejo. Respiró hondo y comenzó a practicar el ejercicio respiratorio que tanto le gustaba, pero esta vez, en lugar de concentrarse en el “yo soy”, se dedicó a meditar en la historia que acababa de ver en la pantalla de su subconsciente. Es decir, se puso a analizar la historia de Nafarroa.

Mitarra ya sabía, sobre todo de labios de su abuelo, que la historia de los vascos había sido una auténtica odisea. Así que no se centró en lo que más o menos ya sabía. Se dedicó a comparar la película histórica con lo que Benjamin le había contado sobre la evolución de la humanidad.

Todo coincidía perfectamente. Los antiguos vascos vivieron durante casi cinco mil años bajo la influencia del dios Perel. Disfrutaron de sus ricas tierras; vivieron desperdigados por los montes y valles de su país; acudieron a los batzarres que celebraban bajo grandes robles para arreglar sus asuntos vecinales; en estos batzarres elegían a sus representantes para que acudiesen al batzarre o biltzar general de la comarca, en el cual se trataban los temas que afectaban a la región; entronizaron el matriarcado o culto a la mujer; adoraron al Sol y a la Madre Naturaleza; y sobre todo, tuvieron muy claro que todas las personas eran señores, con unos derechos individuales que les venían de siempre, y que desde la llamada Revolución francesa pasaron a llamarse derechos ciudadanos.

Coincidía con la explicación de Benjamin Ríos, cuando éste le dijo que todas las personas llevan en su interior una partícula del mismísimo Dios, el alma, y así de esa forma, todas las personas son Dios y todas son hijas de Dios, y como tal, todas las personas son hermanos y hermanas entre sí. Nadie es más que otro por cuestión de raza, color, religión o posición social. Los antiguos vascos ya sabían y practicaban esta filosofía tan sabia.

Después vino la época de los celtas del dios Oro, con sus violencias, ambiciones, fanatismos y apegos a la familia, al clan y a la nación; en vez de mantener el único apego que nunca hay que olvidar: el apego a la libertad personal y a la independencia de criterio y expresión.

Así los vascos supieron defender su antigua enseñanza solar, porque el dios Romanticismo vino en su ayuda y pudieron resistir, más mal que bien, los embates de la codicia de sus vecinos. Pasaron los celtas, los romanos, los bárbaros, los árabes, y comenzó el conflicto con Castilla y con Francia, y después con España.

Durante el último milenio, hubo que emplear grandes dosis de romanticismo, pero también grandes dosis de racionalidad, para defenderse de la prepotencia del dios Razón, cuando éste está al servicio del estómago, en vez de al del corazón.

Ahora, en el declive del dios Razón y en las puertas del dios Sabiduría, Mitarra supuso que la cosa mejoraría, porque como solía decir Benjamin, cada cosa tiene su tiempo y cada tiempo tiene su cosa. Un castizo lo hubiera dicho con el dicho que dice que no se le puede pedir peras a un olmo, porque, en definitiva, la esencia de la historia de los vascos es un desfase histórico de principio a fin.

Desfase histórico como cuando para acceder a las Juntas o Biltzarres o Cortes o Tarbeas de autogobierno de cada región, era preciso reunir en primer lugar a las batzarres o asambleas locales de los vecinos de las Anteiglesias, en las que cada hogar tenía un voto, y en donde se elegían a los representantes para transmitir el “mandato imperativo” de sus electores a la asamblea comarcal o de valle, en la que a su vez se elegía a sus representantes, los antiguos Tarbeas, también con “mandato imperativo”, para que acudiesen a las Juntas Generales de la región, en donde compartían asiento con los representantes de los jefes militares, los antiguos Ateas y Onas; y en donde los sacerdotes y demás cargos de la Iglesia Católica tenían terminantemente prohibida la entrada; y en donde entre otras cosas, se elegía al jefe militar o señor o rey. Era el ancestral Pacto entre los montañeses del Saltus y su caudillo político militar o Señor aceptado en asamblea.

Desfase histórico como cuando en el 1237, al principio de la Dinastía de Champaña, las Cortes de Nabarra deciden poner por escrito las antiguas leyes de la vieja ley, y redactan en vascón – occitano – romance nabarro, el Viejo Fuero o Fuero General de Nabarra; cuyo preámbulo dice con toda la nitidez del mundo que “las leyes fueron antes que los reyes”, adelantándose de esta manera a proclamas de parecido pelo, tales como la de Cromwell en el 1653, o la de la mismísima Revolución Francesa en el 1799.

Desfase histórico como cuando en el Reino de Nabarra, hasta su final en el 1512, nunca hubo ningún problema de sucesión por ser una mujer la candidata, ya que desde siempre, las mujeres podían acceder al gobierno de Tarbea.

Desfase histórico como cuando las Ordenanzas de Tudela, a mediados del siglo XV, decretaron por escrito la jornada de 8 horas diarias de trabajo, y de 7 para los esfuerzos más exigentes. ¡Tenían hasta sindicalistas en sus consejos!, se dijo Mitarra a sí mismo, mientras esbozaba una sonrisa marcadamente ecléctica.

Desfase histórico, ¡Pardiez!, exclamó Mitarra, como cuando el rey de Las Españas, Felipe II, a mediados del siglo XVI, no pudo reprimir violentamente una huelga realizada por los canteros vizcainos que le estaban construyendo El Escorial, porque por ser vascos, eran todos nobles, y por lo tanto, no se les podía detener sin escucharles antes, y tampoco se les podía azotar o torturar como al resto de los siervos del rey de Las Españas. Era la “Nobleza Universal” que decían los vascos.

Así que Mitarra entendió que la historia de los vascos es la historia, antes de tiempo, de la defensa de la voluntad inquebrantable de mantener la dignidad de la libertad personal por encima de todo. Es decir, la dignidad de considerarse como señores, al margen del nivel social que se tuviese, y con las mismas prerrogativas y derechos que cualquier gran señor, por muy noble o real que fuese. Fue la lucha anticipada en el tiempo, entre los derechos de los ciudadanos y el inhumano feudalismo que se impuso en toda Europa.

Después fue la lucha de la dignidad contra todos aquellos aspectos desaprensivos, explotadores, abusivos y poco humanos que tuvo la burguesía liberal del dios Razón, cuando éste estaba únicamente al servicio del dios Oro. Y esa lucha, pensó Mitarra, contra todos los déspotas, ha sido y sigue siendo una marca de distinción, tanto con los de fuera como con los de dentro, que también los ha habido y los sigue habiendo.

Mitarra se acordó de Retama y de su organización. Vio más claro que nunca que él también se había enfrentado, por medio de la fuerza, a la libertad de los vascos, al ignorar e intentar forzar la voluntad mayoritaria del pueblo vasco que estaba en contra de la violencia.

Comprendió que ETA, durante los últimos años, se había apartado, al igual que los bárbaros o que los antiguos reyes de Francia o de España, del respeto a la costumbre más ancestral de los vascos: La costumbre de acatar siempre lo que la mayoría de los vascos decidiesen en cualquier situación y momento.

Se dio cuenta de que ETA era la heredera del espíritu prepotente que tantas veces habían utilizado sus vecinos contra los habitantes - ciudadanos de Euskal Herria. Ya no estaba en desacuerdo con la violencia de su organización porque fuese estratégicamente incorrecta o porque la violencia ocasionase dolor, también lo estaba porque había comprendido que era una auténtica barbaridad el combatir militarmente contra el sentir de todo un pueblo.

Era una barbaridad el ejecutar a concejales que representaban a una parte de ese sentir. Era una barbaridad intentar forzar los acuerdos políticos. Era una barbaridad que atentaba contra la mismísima esencia del pensar con libertad, sin miedo a que por ello, alguien te pueda despachar de un tiro. Se dio cuenta de que simplemente era no respetar el sagrado derecho divino al libre albedrío.

Por eso, los antiguos vascos supieron defender con ahínco este derecho, y Mitarra, como si le hubiesen puesto delante el documento que tuvo que jurar el rey Francisco I de Francia a los jaunakde Zuberoa hacia el 1540, leyó en su mente el preámbulo del Fuero o Derecho que aquella región tenía cuando se integró en el reino de Francia.

Decía: “Esta recopilación de leyes y costumbres conservadas por la pequeña república de los suletinos, comienza así: Por un uso de alta antigüedad, los nativos y los habitantes de esta tierra de Zuberoa, son de origen libre sin tacha de servidumbre. Nadie tiene derecho sobre sus personas o sobre sus bienes. Los suletinos llevan armas en todo tiempo para defensa de su país, situado a la extremidad de Francia, entre los reinos de Nabarra y Aragón y el país de Bearn. Pueden cuantas veces quieran reunirse para tratar asuntos comunes, establecer los estatutos y reglamentos que juzgaran útiles, y sus convenciones tendrán fuerza de ley, y los burgos y barriadas deberán acatarlo. El derecho de caza y pesca es común a todos los habitantes del país de Zuberoa. Y el monarca deberá someterse a estas viejas leyes del país de Zule”.

A Mitarra le entró la risa cuando se imaginó al poderoso Francisco I, que estaba disputando la corona imperial a Carlos V, acudir a alguna sobria casona de Zuberoa para acatar los usos y costumbres de unos pocos y orgullosos aldeanos que solamente le aceptaban como su rey si éste juraba los fueros de su vieja ley. Sí, pensó, definitivamente se habían adelantado a su tiempo. Rememorando a Benjamin, se le ocurrió que sólo era una cuestión de tiempo el hecho natural que hace que una pera madure. Y la pera se estaba madurando.

Así era, el desfase histórico se estaba corrigiendo con los nuevos aires más comprensivos que parecía que se estaban consolidando. Comprendió mejor que nunca que su alternativa para salir del atolladero, era la única que podía ser eficaz.

El combate entre los abertzales que reclamaban el derecho a la autodeterminación y el Estado Español que lo ignoraba, no se podría resolver nunca si se seguía enfocando la contienda, por ambas partes, para que sólo la ganase uno de los contendientes. No tenía que haber derrota o victoria para ninguno de los dos.

Los abertzales radicales y el Estado de España, tenían que dejar el combate y preguntar a la sociedad vasca qué es lo que quiere. La solución pasaba por pedir la opinión al pueblo vasco.

Los ciudadanos vascos eran los únicos que tenían que decidir si querían autodeterminarse o no. Si salía que no deseaban dar ese paso, todos los vascos, incluida la propia organización armada, tendrían que acatarlo. Pero si salía que sí querían autodeterminarse, todos los partidos y el Estado Español, también tendrían que aceptarlo democráticamente y preparar la realización de una consulta de carácter vinculante.

Mitarra se prometió a sí mismo que, una vez desbaratados los planes de Retama, iba a conseguir que su organización aceptase esta alternativa. Era la única alternativa viable.

Y en cuanto a Navarra, Nabarra o Nafarroa, pues lo mismo, que también sea la ciudadanía navarra la que decida si quieren o no unirse a Euskadi; aunque, desde que se enteró que los vascongados habían participado en la conquista de Navarra en el 1512, Mitarra se dijo que mejor sería que fueran los vascos los que se integrasen en Nabarra. Más bien por aquello de pagar viejas deudas y por sentido común, ya que Nabarra fue la cuna de los Basakonas o Vascones desde época inmemorial. Además, era el corazón de Euskal Herria, la antiquísima Heuscalerria o Eguzkoerria.

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